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lunes, junio 16, 2008

Una noche improvisada

Tengo un amigo que dice que las mejores noches, las que mejor salen, son las que se improvisan. Y creo que tiene razón.

La semana pasada acudí a una fiesta con buena parte de mis compañeros de trabajo. Era una fiesta organizada por la institución en la que trabajo, con motivo de uno de los actos más importantes del año. El hecho es que era, de lejos, una de las peores noches del año en Barcelona. Llovía, hacía frío, había un tráfico horroroso y la fiesta era en una terraza, con lo cual todos los actos fueron inevitablemente interrumpidos por una invitada inesperada: la lluvia. Si a eso añadimos que yo iba con vestido de fiesta con tirantes... pues ya os podéis imaginar.

Aún así, no dejamos que los inconvenientes deslucieran la fiesta que transcurrió apaciblemente entre charlas, risas e intentos por comer algo en un espacio que se había reducido a la mitad (es decir, la zona cubierta). Pero lo mejor aún estaba por llegar.

Tras la fiesta muchos se fueron a casa pero los que aguantamos (unos cincuenta más o menos) fuimos amablemente conducidos a Luz de gas. Tras llegar allí y tomar la primera copa decidimos asaltar la pista de baile. Y allí empezó la verdadera juerga.

Hacía tiempo que no me reía tanto y me lo pasaba tan bien. Bailé al estilo yé-yé con Nuria, intenté imitar al inimitable David, me marqué unos pasos con el intenso Miguel Ángel, hice de "gruppie" con Eva y Rosalía, intenté seguir el ritmo de Àlex "caderas de fuego" (que conste que el apodo no es mío), y por supuesto, compartí pista, copa, y comentarios con mi querida Amaia. En fin, una noche intensa que terminó a las tres de la madrugada (para mí, aunque no para otros) y que dejó, como saldo, unos ojos ojerosos, un brainstorming sin brain (la frase tampoco es mía) y mucha, muchísima alegría.

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